Murray N. Rothbard fue claro hasta la incomodidad: el problema central de la política no es quién gobierna, sino qué poder se le permite ejercer. Esa advertencia no es solo válida para el Estado. También, con la misma fuerza, para cualquier organización que pretenda llamarse liberal.
Por eso, el verdadero peligro no está en la purga torpe, explícita y brutal.
El peligro está en la purga inteligente, la que se presenta como razonable, ética, caso por caso, “justa”.
Quien imagine que el poder autoritario se manifiesta siempre como arbitrariedad grosera no ha entendido nada del siglo XX —ni del XXI—. Como explica Hannah Arendt, los sistemas más eficaces de dominación no eliminan el derecho: lo vacían y lo usan como instrumento.
El procedimiento permanece, la forma se respeta, pero el resultado está decidido de antemano. Eso no es justicia. Es poder con coartada moral.
Toda herramienta de poder debe evaluarse como si fuera a caer en manos del peor enemigo.
Hoy la purga la impulsa alguien convencido de que protege al partido; mañana la usará otro, con otro criterio; y pasado mañana, contra quienes hoy la defienden. Además, todos conocemos a quienes perjudicaron al movimiento, pero no sabemos quiénes vendrán con un historial limpio y accederán al poder de purgar. El liberalismo existe precisamente para impedir que el orden dependa de la virtud del que manda.
Este mecanismo no es nuevo. Bastiat lo denunció en el siglo XIX: toda expansión de poder se presenta como una cruzada moral. La política moderna habla de “justicia social”, “solo pagan los ricos”, “proteger a los buenos”. Pero ¿cuál es el resultado real? Como explicó Hayek, a más poder concentrado, más arbitrariedad, más pobreza para quienes no pueden escapar del sistema. La intención proclamada es noble, la consecuencia es devastadora.
Tomando prestadas ideas de mi libro Teoría del sistema del valor, toda purga se justifica como necesaria. Toda exclusión se presenta como protección. Todo abuso se reviste de ética.
El Estado no se define solo por su tamaño, sino por su lógica. En La Ética de la Libertad, Rothbard explica que el Estado no se caracteriza solo por la coerción externa, sino por su pretensión de legitimidad moral para ejercerla. Esa lógica puede reproducirse en estructuras privadas cuando se normaliza el señalamiento, la sospecha permanente y la obediencia ideológica.
Un partido que adopta purgas, comisiones capturadas y censores morales empieza a comportarse como aquello que dice combatir. No por su tamaño. Por su mentalidad.
En palabras textuales de Rothbard: “una organización criminal coactiva que se apoya en la institución (…) se mantiene impune porque se las ingenia para conseguir el respaldo de la mayoría (no, digámoslo una vez más, de cada uno de los ciudadanos), al asegurarse la colaboración y la alianza de un grupo de intelectuales que crean opinión y a los que recompensa con una participación en la esfera de su poder y de su botín”.
Cuidado con la fachada de institucionalidad para la purga y el control del poder en un partido cuya carta orgánica garantiza la libre participación y el pluralismo de debate. Cuidado con la creación de normas de derecho positivo o el aumento excesivo de la burocracia partidaria, que se puede usar de forma arbitraria para dominar, porque como dice Rothbard existe “ausencia de mecanismos institucionales para hacer que los forjadores de las decisiones últimas y detentadores del poder se ‘limiten’ a la protección de los derechos”.
Las discusiones sobre el futuro partidario existen siempre y son sanas, pero utilizar el poder para crear armas de purga y control de disidencias es una de las razones de la caída del proyecto de coalición LLA. El poder partidario debe ser simplemente de coordinación para el crecimiento, no un aparato de control que cada día crece más. ¿Y saben qué es lo más irónico? Que un partido liberal tenga o busque más control, más centralización y más poder para un sector de la cúpula.
Pido a quienes están estudiando el proyecto que tengan a consideración mis palabras. Y a Santiago Camejo, que desista de ideas como estas que ya dañaron innumerables proyectos liberales. El país, para crecer, necesita libertad; el partido, para crecer, también necesita libertad.

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