
Me pasaron la grabación de un programa de radio. Lo curioso, para mi, no fue solo el contenido, sino la portada: mi cara, en primer plano, con un personaje complicado al costado mirándome, esto del día de la inauguración de La Libertad Avanza en Uruguay. Lo que escuché fue muy divertido. La conclusión de los conductores fue tan dura como ingeniosa: “El libertario es el trotskista de derecha” y “hay más partidos libertarios que simpatizantes”. Una crítica feroz. Y, lamentablemente, acertada.
La separación del libertarismo en Uruguay no se da simplemente por caprichos ideológicos. Me atrevo a afirmar que, en términos ideológicos, las divergencias son mínimas. La verdadera causa de la dispersión es otra: diferentes visiones estratégicas sobre cómo organizarse políticamente y cómo acceder al poder. Las mismas personas, los mismos nombres, disputando desde hace años el control del presente y, sobre todo, del futuro estratégico del espacio.
A continuación, describo las cuatro grandes facciones que hoy conviven y chocan dentro del liberalismo uruguayo.
Quienes haciendo lo mismo de siempre creen que lograrán el cambio
Comencemos por los liberales históricos. A ellos se les debe respeto: mientras el libertarismo aún no existía como fenómeno organizado, o muchos de nosotros ni siquiera habíamos nacido, ellos ya defendían las ideas de la libertad. Sin su presencia, Uruguay sería hoy una versión exagerada de Cuba.
Este grupo opera, en general, dentro de los partidos tradicionales, especialmente en el Partido Nacional, o bien de forma individual, cambiando de agrupación según las oportunidades que les surjan. Su estrategia no es ganar elecciones ni derrotar al sector dominante y no liberal (el lacallismo, por ejemplo), sino sobrevivir internamente, conservar espacios y actuar como “voz de la cordura» en el vaivén sin ideología clara del político tradicional.
No se trata solo de derrotismo: es el resultado de décadas de golpes. Los partidos tradicionales funcionan como organismos con fiebre: todo elemento disonante es identificado como amenaza y, tarde o temprano, expulsado o neutralizado.
Estos liberales saben algo clave: la marca partidaria tradicional trae votos por sí sola. Delgado, claramente no liberal, obtuvo casi la mitad del electorado simplemente por ser blanco o por oposición al Frente Amplio. Si una agrupación liberal, como intenta el espacio de Roxana Corbran, lograra suficiente fuerza interna y colocara un candidato competitivo en las internas, no es descabellado imaginar un presidente liberal surgido de un partido tradicional.
El problema es el costo: negociar y fotografiarse con quienes se consideran responsables del declive del país, acompañar plataformas antiliberales tras perder una interna, aceptar medidas pobristas o autoritarias para “mantener la unidad”. Todo esto erosiona la credibilidad frente al electorado liberal. A eso se suma una desventaja estructural: menos dinero, menos aparato, menos contactos y la maquinaria clásica de la política jugando siempre a favor de los mismos.
Quienes siendo una copia barata de Milei ganarían elecciones
Javier Milei es, hasta ahora, el único caso exitoso de un libertario que alcanza la presidencia. Su experiencia debe estudiarse seriamente. Copiar la estrategia es razonable; caricaturizarlo, no.
La Libertad Avanza Uruguay es hoy un partido en ruinas con apenas meses de vida. Su estética es pobre, envejecida, casi decadente: contenido de baja calidad que recuerdan a las transmisiones de Nicolas Maduro (240p), escenografías tristes, un aire a aparato viejo reciclado. Su discurso se reduce a eslóganes provocadores sin sustancia: “cárceles carpa”, “que tiemble la casta”, “hay que bajar impuestos”, «Con Milei tiembla la casta y con Bukele tiembla el pichaje». Cuando se pregunta cómo, aparecen evasivas, cambio de tema, acusar al otro de casta, o apuntar hacia la prensa por preguntar.
Muy diferente a Milei, quien no solo domina la teoría económica, sino que puede explicar implementación, restricciones o costos políticos. Además, discute filosofía, historia, política internacional y teoría del poder con solvencia, no solo él, sino también su entorno.
La estrategia de la actual conducción de Gonzalo Nova y Nicolás Quintana parece calcada de la política tradicional: inflar estructuras, crear bases territoriales, designar leales antes que competentes y confiar en que la marca La Libertad Avanza arrastre votos. A eso le suman, muy de vez en cuando, conferencias de referentes extranjeros de la derecha latinoamericana.
Otro de los puntos importantes de la idea original era la coalición de partidos y agrupaciones, pero el propio Quintana por su torpeza, se encargó de expulsarlos o arruinar las negociaciones. Hoy en día a su interna la convencen de que lo están logrando, sin embargo, apenas logran crear núcleos departamentales de máximo 15 personas, o abren agrupaciones dentro de los mismos 45 militantes que corren tras del jefe. En términos electorales, no existen.
Debo ser justo: el partido que fundé y del que me fui, tiene más potencial que cualquier otro. Pero necesita, con urgencia, profesionalización en todas las áreas y un liderazgo menos narcisista y más estratégico. El proyecto original era sustancialmente mejor que la versión empobrecida que hoy se impulsa.
Quienes sin hacer nada, pero con una institución fuerte, esperan convertir a medio Uruguay al libertarismo para 2050
El Partido Libertario ocupa un lugar singular: es doctrinariamente sólido, intelectualmente estimulante y humano. Fue capaz de reunir 3.000 firmas en 15 días, dominar la agenda mediática por semanas y construir alianzas relevantes. Hoy, sin embargo, está prácticamente desaparecido.
Su nueva conducción, Martín Plada y Santiago Camejo, optó por frenar el crecimiento, priorizar la pureza institucional, crear reglamentos, actas, burocracia, mucha burocracia interna, y pensar a 10 años. También NFT para sus poco más de veinte afiliados, control extremo del ingreso de nuevos militantes y alergia a cualquier intento de expansión acelerada.
Paradójicamente, también impulsan la creación y su propio lugar como líderes en otro partido político que, en un futuro lejano, unificaría al liberalismo. Una idea difícil de defender cuando ya existen estructuras que podrían cumplir perfectamente ese rol, incluyendo su propio partido.
Hoy el partido tiene un directorio incompleto, ausente y desarticulado (3 suplentes de los casi 30 directivos que debería según estatuto). En el partido hay silencio, pero contrario a lo que se creería, no están creando estrategia ni conspirando: simplemente no hacen nada. Alguna publicación ocasional en redes y la reafilación esporádica de viejos militantes.
Lo que es más trágico, defienden la estrategia del NO HACER NADA con todas sus fuerzas.
Quienes piensan el liberalismo en clave startup
Plataforma por la Libertad nació en 2025, se apagó rápido y hoy renace bajo la conducción de Jorge Palma y su equipo. Su enfoque es distinto: alianzas en lugar de destrucción, cooperación en lugar de purgas, y lectura inteligente del contexto internacional.
Este grupo piensa en términos de startup: ¿qué necesitamos hoy para ganar una elección? Recursos, visibilidad, organización, talento. No es superficialidad, es priorización. Implica delegar en profesionales, trabajar en múltiples frentes y evitar la concentración de poder en mesas chicas incompetentes.
El gran problema es el de siempre: la ausencia de un referente claro. El año pasado lo fue Fernando Doti, probablemente el candidato natural del libertarismo uruguayo a quien las internas feroces lo empujaron a retirarse. Hoy el contexto es distinto y la conducción es más madura, pero sin una figura reconocible el techo electoral es bajo y las internas futuras están garantizadas.
La historia es conocida: sin liderazgo claro, aparecen oportunistas sin talento que buscan notoriedad no a través del trabajo, sino de la captura política del espacio. Exactamente aquello que el libertarismo dice combatir.
———————————————————————————————————————-
Hoy el libertarismo está más dividido que nunca en la historia de Uruguay, y todo se debe a la falta de un líder fuerte capaz de unificar a la vez que no sea un imbécil que por torpeza o ambición personal vuelva a separar. Mientras esperamos ese Deus ex machina estamos a punto de la extinción.

Deja un comentario