UNA TEORÍA PREPOLÍTICA DEL VALOR Y SU VINCULACIÓN CON LA FELICIDAD. Parte 1. Por Matías Ezequiel de Brun

PRÓLOGO
La teoría del sistema del valor propone una visión filosófica de las motivaciones del ser humano y en cómo estas repercuten en su propio bienestar y la convivencia en sociedad. A partir de ese punto, propongo una mirada histórica, una respuesta sobre los fenómenos sociales y los posibles futuros a los que se encamina la humanidad. El foco se coloca en el motor invisible del ser humano, aquel que lo mueve de forma irracional por la vida, sin éste entender o, en ocasiones, sin siquiera preguntarse a dónde va. Si entendemos las motivaciones generales de un individuo (hablando en forma general, ya que en todo sistema hay variables y excepciones) podremos entender a su vez el origen de sus maneras de relacionarse en sociedad, así como también las verdaderas motivaciones detrás del comportamiento de cada colectivo.
Creo que no hay mejor forma de empezar a reconocernos que observando a los animales, siendo que muchas veces olvidamos que de allí partimos. En ellos reconocemos un instinto, de origen biológico, con una clara intención no racional, sino evolutiva, o sea, no buscada. En el animal, este instinto reacciona con estímulos y pulsiones que lo empujan a la supervivencia. Las amenazas a su vida son muy variadas y de condición material, entre las más comunes están los posibles depredadores, el clima hostil y la falta de alimento. En condiciones materiales favorables, donde la alarma instintiva de peligro latente no está presente, observamos otro motor de las acciones del animal como el placer, yendo desde la reproducción hasta la alimentación selectiva y la exploración.
El ser humano también tiene un instinto, pero la evolución dotó a éste de una capacidad de raciocinio, mucho más amplia de la que tiene cualquier otro animal. Esta capacidad nos permite plantearnos un fin y, en base a eso, actuar en consecuencia. Propongo, como muchos lo hicieron antes de mi, pensar que el fin del ser humano es alcanzar la felicidad, entendiéndola como una conjunción de bienestar general y de trascendencia. Dado nuestro origen animal, tanto el placer como el instinto de supervivencia tienen un papel primordial en nuestras acciones. Sin embargo, el factor material, el social, el razonamiento y el factor lingüístico, complejizan las motivaciones.
Para que esta teoría tenga sentido, es necesario aclarar primero su campo de aplicación. No se trata de una explicación universal de toda forma de acción imaginable, sino de una descripción de cómo se organizan las motivaciones allí donde existe experiencia afectiva. El sistema del valor que aquí se propone solo puede operar en sujetos capaces de experimentar estados internos como positivos o negativos, de evaluarlos y de que esa evaluación influya de manera efectiva en su conducta.
Esto implica, en primer lugar, la capacidad de sentir dolor y placer, entendidos no como conceptos morales sino como experiencias cualitativas básicas. Pero sentir no es suficiente: también es necesario que el sujeto pueda jerarquizar esos estados internos, distinguir cuál resulta preferible a otro, aun cuando ninguno sea plenamente satisfactorio. Esta jerarquización no requiere racionalidad, coherencia ni estabilidad; puede ser cambiante, contradictoria o incluso inconsciente. Finalmente, para que exista un sistema de valor, esa evaluación afectiva debe poseer eficacia causal real, es decir, debe orientar la acción o la inacción del sujeto en el mundo.
No todo comportamiento humano responde directamente a la búsqueda del placer o a la evitación del dolor. Existen hábitos, reflejos y acciones automáticas que no están guiadas por un sistema deliberativo ni por una reflexión consciente. Sin embargo, cuando una conducta es valorada, cuando algo es preferido, evitado, sostenido o rechazado, su fundamento último es siempre afectivo. El pensamiento puede organizar, justificar o racionalizar la acción, pero no crea desde cero la motivación que la impulsa.
El valor, en todas sus formas, ya sea aplicado a objetos, dinero, acciones, vínculos o ideales, surge de este mismo sustrato. Todo aquello que entra en el campo de la imaginación humana es susceptible de valoración, y no existe valoración posible al margen de la afectividad. Esta afectividad no debe confundirse con bienestar: no garantiza felicidad ni orienta necesariamente hacia lo deseable. Funciona, más bien, como un sensor indiferente, capaz de registrar tanto lo favorable como lo desfavorable, el placer y el dolor, la atracción y el rechazo, sin distinguir entre lo que construye y lo que destruye.
Quedan fuera del sistema del valor aquí planteado aquellos seres que carecen de experiencia afectiva evaluativa. Resulta difícil concebir entidades de este tipo, pero, al menos por ahora, las inteligencias artificiales parecen encajar en esa categoría. Aunque son capaces de evaluar estados y actuar en consecuencia, no poseen experiencia afectiva: no sienten aquello que evalúan. Por ese motivo, no forman parte del campo de estudio de esta teoría. Si algún día entráramos en contacto con una forma de vida no humana, una especie alienígena, este marco permitiría una comparación significativa: la pregunta decisiva no sería su nivel tecnológico, sino si posee experiencia afectiva, a través de qué órganos o sistemas la experimenta y cómo esa experiencia influye en su conducta.
Los animales, en cambio, sí presentan de manera primitiva las condiciones básicas del sistema del valor. Experimentan estados negativos y positivos, jerarquizan internamente esos estados y actúan en consecuencia. En este sentido, la teoría aplica parcialmente a ellos. El ser humano hereda esta estructura elemental de ancestros comunes, lo que explica por qué puede reconocer y comprender el sufrimiento animal sin necesidad de atribuirle una ética propiamente humana. La diferencia decisiva aparece en otro nivel: el ser humano es capaz de reflexionar conscientemente sobre su propia experiencia afectiva, sobre las evaluaciones que de ella realiza y sobre las acciones que se derivan de esas evaluaciones. A partir de esta reflexividad emergen los sistemas éticos, las narrativas de sentido y las jerarquías de valor complejas, que hasta donde alcanza nuestro conocimiento los animales no desarrollan.
El valor de las cosas, entonces, no surge de abstracciones externas ni de principios universales impuestos desde fuera, sino de un núcleo profundamente individual: de la manera en que los órganos sensoriales experimentan el mundo, de cómo esas experiencias son evaluadas como positivas o negativas y de cómo dicha evaluación motiva la acción. Sobre esta base se superponen luego las complejas tramas humanas: el lenguaje, la vida social, las normas, las modas, la escasez y la abundancia. Estos elementos no crean el sistema del valor, pero lo amplifican, lo organizan y, en muchos casos, lo distorsionan.
La vida en sociedad, como mencionamos brevemente, es un factor de modificación de nuestras acciones. Para empezar, observemos el fenómeno lingüístico, entendiendo al lenguaje como un patrón de coordinación de acciones. Se tienen a disposición los lenguajes de la humanidad y la capacidad de girar en sí mismos, algo que llamaremos habla reflexiva y sobre lo cual volveremos más adelante. Es precisamente por esto que el lenguaje resulta tan amplio como complejo en los seres humanos, además de que la mayoría del tiempo es acción, lo que se establece por medio de la lengua hablada o en su representación simbólica como la escritura, en donde se convierte en norma y en lo que supuestamente se debe hacer. El poder de la norma está en la aceptación colectiva y en la capacidad que el colectivo tenga de, por medio del premio y castigo, hacerla cumplir. Por tanto, sin el poder social, la norma cae en desuso, en no cumplimiento, se torna desértica.
El factor material es fundamental como motor de motivaciones del ser humano, así como en el animal. Un individuo no actuará de la misma manera en una situación de abundancia general que en la abundancia de un recurso particular, al igual que no experimentará la misma escasez en diferentes contextos y motivaciones. Esto resalta cómo la disponibilidad material influye en la conducta, ya que tener, no tener o tener mucho de un solo elemento, puede tener diferentes efectos según la situación. Tampoco reaccionará de igual forma ante la tentativa de creer que el bienestar material esté reservado solo para unos pocos, desmereciendo su ser. La circunstancia material, como veremos en este libro, determina de manera poderosa el contexto histórico.
El razonamiento del ser humano es poderoso en cuanto la lengua acompañe, ya que en ausencia de esta, la razón queda doblegada a la mente del individuo particular. El habla reflexiva contribuyó a pensar mundos, reglas e invenciones que mejoran o destruyen el bienestar. El razonamiento convertido en una retórica capaz de mover a otros también puede crear movimientos sociales que modifiquen el transcurso histórico, o sea que se convierten en otro motor de motivaciones individuales.
De la conjunción de factores biológicos, materiales, lingüísticos y sociales se creó el que llamaremos sistema del valor. Este es un sistema de normas de protección, que se modifica según la circunstancia histórica y que moldea al individuo, premiando o castigando a éste según su apego a las mismas y, por lo tanto, haciéndole asumir comportamientos que le hagan sentir su valor frente al grupo. En consecuencia, si el individuo quiere ser feliz debe seguir las normas impuestas. En este sistema, los individuos califican más o menos lo material y lo imaginario según un valor no real, pero que se toma por conveniencia como tal. La calificación depende de tantos factores como uno pueda imaginar, como su utilidad, belleza, popularidad, escasez, etcétera. El individuo que califica cuánto vale algo no se escapa de ser calificado, por lo tanto, sufre o se regocija en ello.
Todos los factores de acción del ser humano tienen un objetivo en mira: la felicidad. Es común preguntarse sobre la validez de este fin último. ¿Se puede alcanzar la felicidad individual o es una búsqueda vana? ¿Se puede llegar a un sistema donde todos puedan ser felices?
Durante este estudio procuraremos demostrar que sí existe la felicidad, además de averiguar qué la provoca, qué la aleja, si es posible universalizarla o si, por el contrario, es una tarea tan inutil como imposible, tal como aseguró Aristóteles, en una primera instancia, sobre la opinión de qué es la felicidad para cada uno.
INTRODUCCIÓN
¿Para qué vivo? ¿Para qué me levanto cada día a hacer tantas cosas? ¿Cuál es el propósito de las acciones del ser humano?
La respuesta a todo esto es alcanzar la felicidad, el fin máximo de todas nuestras acciones. Si bien hacemos infinidad de cosas en el transcurso de nuestras vidas y con infinidad de objetivos, es innegable que todo lo que hacemos tiene como fin último ser felices o hacer felices a los demás. Piénsalo. Quieres ser feliz sobre todas las cosas y quieres que tus seres queridos también lo sean. Incluso puede que lo que te esté moviendo a leer este texto sea la búsqueda interna, muchas veces inconsciente, o la mera curiosidad de saber si realmente se puede llegar a ser feliz. Porque, pese a vivir para ello, pocas veces uno lo es, y resulta un cuento de hadas pensar en un estado de felicidad permanente.
¿Qué es la felicidad? Una pregunta de la cual no podríamos pedir consejo. La felicidad es, según cada ser humano, una cosa diferente. Tendríamos pues, más de siete mil millones de respuestas únicas y estas serían, en parte, válidas. Todos deseamos ser felices y actuamos según ese deseo, cada día de nuestras vidas.
La felicidad es una necesidad innata en todo ser humano. Parece sorprendente que pocos sepan definir qué es felicidad, aún al poner en evidencia las consecuencias negativas que acarrea dicho desconocimiento. El desatenderse de la mera esencia de la felicidad y cómo se alcanza provoca que la persona llegue a perder el control de su vida, sumergido tanto en una búsqueda desesperada de placeres como en un estilo de vida ambicioso, con sed de éxito y prosperidad material. También existen casos en los que el individuo se resguarda en una vida de privaciones, dedicándose enteramente a la religión que, como veremos más adelante, se diferencia de la espiritualidad. En fin, la ignorancia frente al concepto de felicidad puede generar, sin demasiada dificultad, la consecuencia de consumir viciosamente cualquier cosa que, a tientas y por instinto, aporte cierta satisfacción.
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Nos lanzamos en una búsqueda mutua que perdura a lo largo de toda la vida. Desde chicos sentimos la ilusión de haber alcanzado lo que buscamos y chocamos con la realidad de que habíamos vivido en un engaño, y cuanto más creemos que lo encontramos, más desesperadamente vamos tras ello. Este desboque o manía de ir tras un extremo trae consecuencias negativas en nuestras vidas. Depositamos todas nuestras esperanzas de felicidad sobre una cosa. Confundimos el placer o la satisfacción momentánea con el fin último. De esta manera somos mucho más propensos a tener decepciones, crisis existenciales, infelicidad prolongada o arruinar nuestras vidas y las vidas de quienes nos rodean.
Tuve un compañero de trabajo que decía “Yo soy feliz jugando al fútbol”. Toda su vida repetía comentarios que giraban en torno a ese deporte. Incluso en los descansos del trabajo contaba con ilusión cómo haría para dejar de trabajar en ese supermercado en el que estaba hace ya tres años, para dedicarse al fútbol profesional. Pero el tiempo pasaba y esos sueños no llegaban, hasta que poco a poco se fue dando cuenta de que jamás sería feliz y cayó en el conformismo de la infelicidad.
Una conocida veía en la carrera de ingeniería que eligió, una fuente de prosperidad económica y autorrealización. En el primer año se dió cuenta que no era capaz de llevar el ritmo de las materias, era una carrera demasiado larga y no lo que ella esperaba. El resultado: había depositado su felicidad en ello y ahora era completamente infeliz mientras su mundo se venía abajo.
Y ahora es mi turno. Poco a poco iré contando mi historia de búsqueda de la felicidad y mis contables fracasos.
Desde chico me crié en una secta cristiana. Me inculcaron que “Solo Dios puede darnos la verdadera felicidad”. ¿Cuál era, según ellos, la manera de ser feliz? Trabajar duro para la organización religiosa, orar todo el tiempo, leer muchos libros de religión y predicar decenas de horas a otros respecto Dios. Cuanta más infelicidad, más dedicación a Dios, siendo este ritual una cadena sin final. Entonces, sin ser del todo consciente, entregué mi vida a hombres que, en representación de Dios, destruyeron poco a poco toda felicidad y la sustituyeron con esperanza, una angustia sin fin y pasiva, pero con la expectativa de que algún día cambiaría mi propia situación sin siquiera tomar las riendas del asunto. Esa búsqueda en Dios me hizo perder veinte valiosos años de mi vida en los que fui infeliz todo el tiempo.
¿Y los pequeños buenos momentos no cuentan? Recuerdo un debate recurrente con una amiga sobre el tema. Mientras mis investigaciones me llevan a pensar en un estado de felicidad permanente, ella insistía en que la felicidad son momentos que uno debe atesorar a la espera de más. Esos debates me obligaron a entender esa forma común de pensamiento, a la vez que me motivaron a buscar el sentido real de la felicidad y qué pasa cuando se está en ausencia de ella.
Primero tendré que definir, según mi propio criterio, qué es la infelicidad o la ausencia de felicidad. Aunque no exista necesariamente un dolor palpable o carencias visibles, ya sean materiales como emocionales, puede haber infelicidad. Este es un mal que parece ser común en países desarrollados, en donde, como así lo expresé, no hay carencias visibles, sin embargo, las tasas de suicidio son altas y la infelicidad se observa a simple vista.
A la felicidad la podríamos ejemplificar con el número +1; al dolor, lo opuesto, el -1; y a la infelicidad sin dolor, con el número 0. Es así como sentimos la infelicidad, como la nada, el vacío absoluto.
TRES ESTADOS
Felicidad (+1)
Infelicidad (0)
Dolor (-1)
INFELICIDAD Y DOLOR
Cuando me encontré en el 0, o sea en la infelicidad sin dolor, sentí la sensación de estar buscando desesperadamente “algo”, sin siquiera saber qué exactamente. Se trataba de una búsqueda que se percibe por quienes la padecen como algo negativo. Algunos como yo, con el tiempo, descubren que ese algo que se busca es precisamente la felicidad. La mayoría de las veces es más fácil detectar cuál es el problema y la solución estando en el dolor, en donde sabemos exactamente cuál es la causa y cuál sería la solución. Pero esto no ocurre así en el vacío, donde sin haber algo visible lastimándonos, la angustia sigue presente. Es en este punto de ausencia de felicidad donde el ser humano comete errores o se desespera por cosas que sepan darle placer momentáneo, perdiendo su tiempo, recursos y energías sin llegar a la felicidad que desea, incluso provocándose dolor para sí mismo en el proceso.
El vacío debe llenarse, es un anhelo del alma poéticamente hablando, y muchas veces no analizamos con qué lo llenamos. Somos infelices todo el tiempo y vemos los pocos momentos de placer como momentos felices a los que aferrarnos con melancolía, pero seguimos siendo infelices, buscando viciosa e incesantemente, a la expectativa del próximo placer para disfrutarlo al máximo.
La ausencia de felicidad no necesariamente es dolor palpable, sino que es uno invisible a la propia vista del individuo que la padece y aún más frente a ojos ajenos, quienes pueden caer en la crítica fácil al percibir una tristeza injustificada. Es importante saber que el dolor y la infelicidad, cuando se prolongan en el tiempo, afectan no solo a las emociones, sino también a nuestra persona física pudiendo generar enfermedad, un estado permanente de angustia o desequilibrios emocionales dañinos para nosotros mismos.
Querido lector, no tiene por qué ser así. Si vivimos en un estado permanente de infelicidad sabiendo que existe un estado de felicidad, es lógico pensar que se puede invertir los roles y ser la mayor parte del tiempo felices.

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